"Nadie quiere nada serio": relaciones, apego y vínculos en tiempos confusos

Una frase que escucho con frecuencia en sesión —y también afuera, en reuniones, charlas entre amigos o redes sociales— es: “Ya nadie quiere tener una relación estable, nadie quiere algo serio”. Y cada vez que la escucho, me surge la misma sensación: no es que no queramos amar, es que tenemos miedo. Miedo a vincularnos desde lo real, desde la vulnerabilidad, desde lo que no podemos controlar.Vivimos en una época donde el amor propio a veces se malinterpreta como “no quiero que nadie me incomode” o “no tengo por qué ceder nada de mí por otro”. Y sí, es importante cuidarnos, centrarnos, pero también es cierto que el amor —cuando es consciente— sí nos mueve, sí nos transforma, sí nos invita a salir de lo cómodo para construir algo en conjunto.Escucho historias que comienzan con ilusión, con un deseo genuino de compartir, pero que pronto se enfrentan con frases como: "No quiero nada serio". Y lo interesante es lo que ocurre después. La otra persona, aunque se siente diferente, muchas veces responde: "Tranquilo, yo tampoco". Y ahí es donde se empiezan a jugar dinámicas que tienen mucho más que ver con nuestros miedos de apego que con lo que realmente deseamosTal vez quien responde eso no lo dice desde la sinceridad, sino desde el temor a ser abandonado, a quedarse solo, a repetir viejas heridas. Entonces acepta vínculos poco claros, se conforma con pequeñas emociones, celebra el poco tiempo que recibe y se convence de que algo es mejor que nada. Pero adentro, algo se duele. Se molesta. Se frustra. Porque sí importa. Porque sí quiere más, aunque no lo diga.También están quienes, en ese mismo tipo de vínculos, terminan haciendo reclamos que no se sostienen con las “reglas” que aceptaron al principio. Reaccionan, se enojan, exigen. Y la otra persona no entiende por qué. Pero lo cierto es que desde el comienzo hubo un desacuerdo que nadie quiso mirar de frente. Se entró en el vínculo sin honestidad emocional. Desde el miedo, desde el autoengaño, desde la esperanza de que el otro cambie.Y también aparece otro fenómeno que observamos con frecuencia: la figura del “solter@ codiciad@”. Esa persona que nunca ha tenido una relación seria y se ve como un trofeo, como un desafío, como alguien inalcanzable. Eso, lejos de ser una alarma, muchas veces se convierte en un imán para quienes quieren “salvar”; al otro, demostrarle que el amor sí existe, que se puede cambiar, que esta vez será distinto. Pero entonces la pregunta no es sobre el otro, sino sobre mí:¿Por qué quiero ser yo quien logre lo que nadie logró? ¿Qué parte de mí necesita ser indispensable para alguien que no está emocionalmente disponible?Y si lo pensamos bien, más allá de si la sociedad ha cambiado, más allá de si hay una nueva ola de egoísmo o desapego, lo más importante no es el contexto, sino cómo me vinculo yo. Qué tipo de relaciones acepto, cómo me comunico, si hay coherencia entre lo que digo que quiero y lo que realmente me permite. Porque muchas veces hay una gran distancia entre nuestras palabras y nuestras acciones.Sanar nuestras heridas de apego no significa buscar relaciones perfectas, ni exigir garantías que no existen. Sanar es atrevernos a crear vínculos más honestos, más claros, más humanos. Es darnos permiso para sentir sin miedo a parecer débil, y dejar de protegernos a través de la desconexión.Tal vez el verdadero acto de valentía emocional no sea alejarnos para no ser heridos, sino quedarnos cuando hay respeto, compromiso y deseo mutuo de construir. Tal vez amar no sea perderse en el otro, sino encontrarse en la experiencia compartida. Y tal vez —solo tal vez— seguir creyendo en el amor no sea ingenio, sino una forma profunda de resistencia. Porque al final, aunque duela, aunque asuste, aunque nos exponga... Amar desde la conciencia, con presencia y coherencia, sigue siendo uno de los actos más hermosos y valientes que podemos vivir.